¿Adónde me iré de Tu Espíritu, O adónde huiré de Tu presencia? Salmos 139:7
Hace algún tiempo leí sobre un hombre que había cometido un pecado y encerrado en una habitación, caminaba con desesperación de un lado a otro mientras gemía diciendo:- ¡No me mires, no me mires! Cuando pensamos en la Omnipresencia de nuestro Dios y concientizamos que siempre estamos bajo su mirada y cuidado, nos dan deseos de caer de rodillas y clamar -¡No me mires!-, pues sabemos cuán sucios estamos.
Sólo Dios y nosotros mismos somos conscientes de cuántos pensamientos pecaminosos pasan a cada instante por nuestra mente, cuántos malos deseos hacia el prójimo, envidias contra nuestros hermanos. Pensamientos que a veces no quisiéramos revelarnos a nosotros mismos, que de sólo concebirlos nos aterran.
Pero Él está ahí, en lo más recóndito de nuestra mente, Él llega a los rincones que ni siquiera nosotros podemos llegar y su presencia descubre nuestra naturaleza y nada hay que escape a su mirada. Nuestro corazón está desnudo ante Él, nosotros estamos desnudos ante Él, pero donde su presencia adquiere una inusitada magnitud es cuando estamos débiles y desvalidos, cuando toda nuestra altanería y soberbia son lanzadas al cieno, es entonces cuando su presencia se levanta ante nosotros como gigante, haciéndonos sentir que no estamos solos y cuando no nos queda nada a que aferrarnos, es cuando mejor lo sentimos, porque en la caída lo único que nos sostiene es su mano.
Su presencia es un bálsamo a nuestras heridas, es como vino en libación, es brisa fresca en el desierto, agua que brota de un manantial inextinguible y nos hidrata el alma y es todo lo que necesitamos para mantenernos vivos. Ante su presencia la creación se postra.
¡Dichosos los que podemos disfrutar de su presencia!

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