REFLEXION DE LA HORA por el Rev Néstor Blanco

El Señor Jesús se comportó como un ser humano normal; la única excepción fue que jamás pecó. Ahora bien, el ministerio de Cristo fue supremamente exitoso. No hay otro personaje bíblico que se pueda comparar con Él. Predicaba, enseñaba y sanaba. Tres pasajes, entre otros, del evangelista Marcos, nos entregan pinceladas del Maestro en plena faena diaria:

* “…Y se agolpó de nuevo la gente, de modo que ellos ni aun podían comer pan”.

* “…había sanado a muchos; de manera que por tocarle, cuantos tenían plagas caían sobre él”

* “…eran muchos los que iban y venían, de manera que ni aun tenían tiempo para comer”

Lo interesante es que a pesar de este colosal éxito, Jesús mantenía una impresionante vida de oración. Sigamos de nuevo a Marcos: “…Levantándose muy de mañana, siendo aún muy oscuro, salió y se fue a un lugar desierto, y allí oraba.”.

Lo que nos queda claro es que para Jesús, la oración siempre fue una prioridad. Si algo podemos aprender de su vida es que Él nunca permitió que el portentoso resultado de su ministerio lo sacara de la vida de oración. Hoy, las crisis y los fracasos en las vidas de los creyentes se explican por la indiferencia con la que tratamos a la oración. Apenas eso que llaman “éxito” se asoma a nuestra vida, lo primero que archivamos es la devoción porque estamos ocupados en “cosas del ministerio”. ¡Cuidado, Jesús jamás cometió ese gravísimo error!

Por qué a Veces Fracasamos

Nos olvidamos con más facilidad de Jesucristo cuando estamos en la montaña que cuando estamos en el valle. Es muy fácil descuidarnos en la iglesia haciendo “el trabajo del Señor”. Hay un grave peligro de perder nuestra relación con Dios en un lugar de aparente seguridad. ¡La integridad se puede perder tan fácilmente en el lugar donde nos sentimos más confiados! La madre de Jesús lo perdió a Él en el templo. Muchos de nosotros lo hemos perdido en el mismo lugar.

¿Han notado Uds. cómo las personas van por el sendero con un paso vivo y una canción en su corazón? Piensan que uno puede pasarla con la menor cantidad de oración posible. ¡No hay ni una nube en el cielo! Aceptamos la bendición de Dios como algo que tenía que ser así. Es simplemente el curso normal de las cosas. Las bendiciones de Dios se convierten en un lugar común y descuidamos el altar de nuestro corazón porque, al parecer, no hay un motivo especial para orar. Si solo supiéramos que es entonces cuando tenemos la mayor necesidad de nuestra vida. Ese es, justamente, el punto de peligro. El valle del dolor es el lugar donde crecemos mucho más que cuando todo parece fácil en la cima de la montaña.

Integridad, Cómo la Perdí.

Por Richard Dortch

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