martes 21 de septiembre de 2010

¿Qué piensas de los pastores en general?

¿QUIÉNES SOMOS LOS PASTORES? Por Adán García.---------->(SIGUE )
Nosotros tenemos una ocupación tan diferente de las otras, que aún después de muchos años de ministerio en una misma Iglesia, la gente nunca llega a entendernos ni comprendernos. Pero lo más sorprendente es que tampoco nosotros mismos nos entendemos ni comprendemos. No entendemos, por ejemplo, por qué estamos en esta profesión y no en otra. No comprendemos por qué no podemos separarnos de este ministerio, pues mientras reflexionamos sobre su dureza, nos gozamos en él y lo amamos de todo corazón.
Pero, en fin, ¿Quiénes somos los pastores?
Algunos pastores somos casados, otros somos solteros. Algunos no tenemos hijos, otros tenemos hasta una docena. Algunos tenemos una esposa que sobresale en La Iglesia, otros tenemos una esposa que nos ayuda a tener éxito en el trabajo, pocos pastores tenemos una esposa bien sobresaliente y otros tenemos una esposa que nos hecha a perder el ministerio. Algunos tenemos hijos que parecen ángeles y algunos tenemos hijos que actúan como pequeños o grandes diablitos.
Ciertos pastores tenemos hasta 25 años de preparación académica, otros tenemos mucho menos que eso. Nosotros los pastores venimos en todas las medidas y colores, pero somos personas bajo el cuidado de Dios. Después de todo, los pastores fuimos una vez laicos, miembros de la iglesia como todos los demás cristianos. A algunas personas les cuesta creer el hecho de que algunos de nosotros no fuimos cristianos antes de entrar al ministerio. Nosotros no somos diferentes de los demás que asisten a la iglesia; lo único que tenemos distinto es nuestro llamamiento al ministerio.
Los pastores somos lo que somos porque en algún momento de nuestra vida sentimos el llamado de Dios y fuimos convencidos de que Dios quería que le sirviéramos. Sin considerar cuánto tiempo y sacrificio nos ha costado llegar a ser ministros, lo cierto es que hemos estado dispuestos a dar todo lo mejor. Todo lo que honesta y sinceramente nos ha hecho seguir la senda del supremo llamamiento. Nosotros entramos en el ministerio porque fuimos escogidos para ello. Hemos renunciado a nuestros propios deseos, planes y ambiciones. Al igual que nuestro maestro, hemos dado lo que otros debían recibir. Algunos entran en una profesión por sus propios esfuerzos y deseos, pero nosotros entramos en el ministerio de manera muy diferente de cómo los demás lo han hecho. Nosotros lo hemos hecho por el deseo divino, porque Dios así lo quería.
Los pastores vivimos con el anhelo de hacer cualquier cosa que sintamos que es de ayuda para la iglesia. Estamos dispuestos a sufrir inconveniencia y renunciar a nuestros propios derechos si estamos convencidos del significado espiritual de un programa o proyecto. Nosotros hemos aprendido a permitir que nuestros derechos se pongan a un lado para dejar camino libre a la dirección del Espíritu Santo. Quizás algunos pondrán en duda nuestras afirmaciones, porque han visto mal ejemplo en algunos de nosotros, pero estamos hablando de aquellos que han entrado al ministerio por la puerta del corral de las ovejas, no de los que han subido por otra parte haciendo la volunta del Señor.
Los pastores tenemos una vida como la de los pececillos de colores cuando están en una pecera: todos los observan y los comentan. Nuestra apariencia, nuestros valores, nuestros entretenimientos, nuestras amistades, nuestros familiares, nuestros hábitos, la ropa que usamos y la manera como vestimos, y un centenar de otras cosas acerca de nosotros son discutidas durante la cena en los días de semana, pero especialmente en la noche y en la tarde de los domingo.
Un profesor puede usar un carro deportivo, un hombre de negocios puede tener un “Cadillac”, un doctor puede rehusar recibir llamadas de los pacientes en su casa, un maestro puede ir a la huelga, un ingeniero puede presionar para que le aumenten su salario. ¿Podemos hacer lo mismo?
La vida y trabajo del pastor no pueden separarse. Nuestra vida es nuestro trabajo; nuestro trabajo es nuestra vida. Una cosa no existe sin la otra. Realmente el trabajo no es trabajo para nosotros, es más bien la expresión de nuestra vida. Aparte de los mismos pastores, pocas personas entienden cual es el campo de acción de nuestro trabajo. Una vez un pastor visitó un hogar inconverso y le preguntaron lo siguiente: “¿A que se debe su visita”? ¿ “Es este su día libre?”. Otro visito un hogar cristiano y allí le dijeron: “Yo lo llamé ayer, pero usted no estaba ni en su casa ni en su oficina”. “Estaba estudiando?”, fue la pregunta final. Los miembros no comprenden que nosotros gastemos más tiempo que ellos bregando con la gente y con el estudio.
Tras nuestra sonrisa y amabilidad, tenemos mejores y excelentes cualidades que no pueden ser compartidas. La gente sólo puede ver nuestros hombros, pero no ve la inmensa carga que está sobre ellos.
En cada contacto personal por teléfono, nosotros escuchamos a personas deprimidas, casos trágicos y muchos conflictos emocionales. También escuchamos experiencias agradables y noticias que dan alegría; pero no siempre gozamos de esto. Algunas cosas que oímos no pueden ser compartidas con nadie más, no siquiera con el mismo cónyuge. Muy a menudo derramamos lágrimas sin que nadie más lo sepa. Agonizamos, no solamente por nuestros hijos, sino también por los hijos de nuestras ovejas. Oficiamos bodas, pero también funerales; y algunas veces tenemos que oficiarlos en un mismo día.
El trabajo del pastor es difícil, porque cada persona espera una cosa diferente de nosotros. Los padres quieren que nosotros les hagamos más obedientes a sus hijos. Los hijos quieren que convenzamos a sus padres para que sean más comprensivos. Los intelectuales desean que prediquemos sermones con más profundidad, y las madres, que nosotros prediquemos sermones más prácticos para la familia. Los jóvenes esperan que prediquemos sobre los brotes sociales y políticos de la actualidad, mientras que los mayores se deleitan escuchándonos sermones que hablen del reino de los cielos. Somos un “sándwich” distribuido entre todos. Si somos bien cultos nos acusan de predicar por encima de la cabeza de la congregación y si nos dedicamos más al cuidado pastoral que a preparar bien nuestros sermones, se nos acusa de que nuestra predicación es capaz de producir sueño hasta en los que padecen de insomnio. Si predicamos bien se nos critica de no visitar lo suficiente; y para colmo de todo, un pastor a quien se le ve haciendo bien todas las cosas, puede ser reprochado de vanidoso y de querer monopolizar todas las actividades.
Hay muchas cosas que quisiéramos decir sobre cómo los miembros de las iglesias tratan a nuestra esposa y a nuestros hijos, pero eso será en otra oportunidad. Nosotros somos llamados de Dios y en última instancia a él somos responsables y ante él daremos cuenta de nuestra labor. Dios cuida de nosotros, él vela por sus siervos; pero tristemente la gente no hace lo mismo.

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