A
menudo oímos decir: «Tengo la conciencia limpia», o «mi conciencia no
me reprocha nada». Pero, ¿Es esto suficiente ante los hombres y, más
aún, ante Dios? ¿Qué es la conciencia? Es el conocimiento intuitivo del
bien y del mal presente en el hombre. Es una facultad que Dios dio al
hombre, como la inteligencia, la memoria o la reflexión. Cada individuo
tiene una conciencia; cuando hace algo malo se siente más o menos
avergonzado, y cuando hace algo bueno se siente contento. El problema
es que vivimos en una época en la que lo que hace unos años era
considerado como malo, ahora se acepta de forma generalizada, por
ejemplo la convivencia de parejas que no están casadas. Las costumbres
cambian y hemos llegado a llamar al mal bien. De tanto vivir en un mundo
que se burla de los valores morales, corremos el riesgo de dejar de
reaccionar, y como consecuencia, nuestra conciencia se oscurece y se
vuelve menos sensible. ¡No nos dejemos engañar! Dios no cambia, y su
apreciación del mal tampoco. Todo cuanto se opone a su voluntad revelada
en la Biblia está mal, nos guste o no. Por lo tanto tengamos cuidado;
no nos fiemos únicamente de nuestra conciencia; analicemos nuestras
acciones y pensamientos a la luz divina. Dios no puede aceptar el
mal, pero también es amor. Aborrece el pecado al mismo tiempo que ama y
quiere salvar al pecador. Por ello desea que cada uno tome conciencia de
la necesidad de arrepentirse para ser salvo.
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La conciencia
Amenudo oímos decir: «Tengo la conciencia limpia», o «mi conciencia no
me reprocha nada». Pero, ¿Es esto suficiente ante los hombres y, más
aún, ante Dios? ¿Qué es la conciencia? Es el conocimiento intuitivo del
bien y del mal presente en el hombre. Es una facultad que Dios dio al
hombre, como la inteligencia, la memoria o la reflexión. Cada individuo
tiene una conciencia; cuando hace algo malo se siente más o menos
avergonzado, y cuando hace algo bueno se siente contento.
El problema es que vivimos en una época en la que lo que hace unos años era
considerado como malo, ahora se acepta de forma generalizada, por
ejemplo la convivencia de parejas que no están casadas. Las costumbres
cambian y hemos llegado a llamar al mal bien. De tanto vivir en un mundo
que se burla de los valores morales, corremos el riesgo de dejar de
reaccionar, y como consecuencia, nuestra conciencia se oscurece y se
vuelve menos sensible.
¡No nos dejemos engañar! Dios no cambia, y su apreciación del mal tampoco. Todo cuanto se opone a su voluntad revelada
en la Biblia está mal, nos guste o no. Por lo tanto tengamos cuidado;
no nos fiemos únicamente de nuestra conciencia; analicemos nuestras
acciones y pensamientos a la luz divina.
Dios no puede aceptar el mal, pero también es amor. Aborrece el pecado al mismo tiempo que ama y
quiere salvar al pecador. Por ello desea que cada uno tome conciencia de
la necesidad de arrepentirse para ser salvo.