A las 5:14pm del diciembre 13, 2011, joakyn velaxkez dijo...
"Así, pues, téngannos los hombres por servidores de Cristo, y administradores de los misterios de Dios. Ahora bien, se requiere de los administradores, que cada uno sea hallado fiel." 1 Corintios 4: 1-2
La infidelidad humana desagrada a Dios. Los deseos carnales son de los ojos la vanagloria. Esto es una acción que hiere a Dios y socava el amor conyugal y familiar, siendo difícil de sanar y perdonar. El corazón queda herido y sumido en tristeza. Uno de los anhelos de Cristo es nuestra fidelidad, Él es celoso de sus hijos. Se pone triste cuando le negamos y buscamos satisfacción en las cosas del mundo, ¿Le ha negado Ud.?... Sólo Él y tu lo saben, Él te llama a ser fiel en lo poco que queda para el retorno del Señor. En el nombre de Jesús, amén
La risa es una expresión de felicidad más o menos ruidosa, es decir, traduce la alegría de vivir y el buen humor. ¿No queda impresionado al constatar la gran competencia que hay entre la radio, la televisión y el mundo del espectáculo en la creación minuciosa de bromas, escenas cómicas y emisiones cada vez más «graciosas», pero a menudo malsanas? Existe un gran número de cómicos, y muchos idolatran a sus estrellas preferidas. Para nosotros, creyentes, existe el peligro de dejarse seducir por cosas que parecen triviales, o incluso agradables, pero que en realidad llenan un vacío espiritual con una felicidad artificial. ¡Qué pérdida de tiempo! ¡Cómo se insensibiliza nuestra conciencia! Prestemos atención a las advertencias de la Biblia: “¡Ay de vosotros, los que ahora reís! porque lamentaréis y lloraréis” (Lucas 6:25). No, la vida no es sólo diversión. No está prohibido reír, por supuesto, pero no nos dejemos anestesiar por el espíritu de despreocupación y ligereza que reina en nuestra época. El sabio Salomón dijo: “Aun en la risa tendrá dolor el corazón; y el término de la alegría es congoja” (Proverbios 14:13). Sepamos alegrarnos en el Señor Jesús, en la lectura de la Biblia, en la oración, en la alabanza y cada vez que descubramos manifestaciones de su bondad en nuestra vida cotidiana. Entonces podremos decir a Dios: “Tú diste alegría a mi corazón mayor que la de ellos cuando abundaba su grano y su mosto” (Salmo 4:7).
La liberación que obtenemos por la fe en la obra del Señor Jesús es verdaderamente una “salvación tan grande” (Hebreos 2:3), y Aquel que la adquirió es el “gran Dios y Salvador Jesucristo” (Tito 2:13). ¿En qué consiste esa salvación? Para el creyente, sus pecados son perdonados porque Jesús los expió en la cruz. Ahí también su naturaleza culpable fue condenada y crucificada; así su alma está en paz con Dios por toda la eternidad. De esta manera es liberado del peso de sus faltas, de sí mismo y de Satanás, su acusador. Pero eso no es todo, pues Dios se encargará de su cuerpo como se encargó de su alma. Actualmente el cuerpo de los creyentes, al igual que el de todos los hombres, está sujeto al sufrimiento, la enfermedad y la corrupción después de la muerte, pero cuando el Señor vuelva será resucitado y glorificado. “Esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo; el cual transformará el cuerpo de la humillación nuestra, para que sea semejante al cuerpo de la gloria suya” (Filipenses 3:20-21). Y nos introducirá, cuerpo y alma a la vez, en la casa de su Padre. Es una salvación perfecta y completa que nunca podemos perder. Jesús dice que nadie podrá arrebatarnos de su mano ni de la mano de su Padre (Juan 10:28-29). Tengamos firmemente fundadas en Jesucristo nuestras certezas; en todas las circunstancias, conservemos el gozo de tener tal salvación y tal Salvador.
En
la Biblia Dios se da a conocer bajo diferentes nombres, cada uno de los
cuales presenta uno de sus caracteres. El Altísimo evoca su grandeza,
su soberanía sobre toda la tierra. Jehová es el nombre predominante en
su relación con el pueblo de Israel. Cuando Jesús, el Hijo de Dios,
vino al mundo, el pueblo de Israel era su familia en la tierra, y era a
ella a quien su Padre lo enviaba. Jesús les habló de él: “Vuestro Padre
que está en los cielos” (Mateo 5:16). Les dio a conocer a Dios como su
Padre, siempre en estrecha relación con él. Pudo decir: “El Padre ama al
Hijo”. “Yo y el Padre uno somos”. “El que me ha visto a mí, ha visto al
Padre” (Juan 5:20; 10:30; 14:9). Pero también leemos: “A lo suyo
vino, y los suyos no le recibieron. Mas a todos los que le recibieron, a
los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de
Dios; los cuales no son engendrados… de voluntad de varón, sino de Dios”
(Juan 1:11-13). Se trata de una relación completamente nueva. Para
ser un hijo de Dios, Jesús dice que es necesario “nacer de nuevo”. “Los
que creen en su nombre”, cualquiera sea su nacionalidad, pasan a ser
hijos de Dios; y él quiere reunirlos (Juan 11:52). Cuando Jesús salió de
la tumba, envió a decir a sus discípulos: “Subo a mi Padre y a vuestro
Padre” (Juan 20:17). “Ahora somos hijos de Dios” (1 Juan 3:2). Hoy Dios
ofrece el gozo de ser su hijo a todo aquel que cree en Jesús.
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"Así, pues, téngannos los hombres por servidores de Cristo, y administradores de los misterios de Dios. Ahora bien, se requiere de los administradores, que cada uno sea hallado fiel." 1 Corintios 4: 1-2
La infidelidad humana desagrada a Dios. Los deseos carnales son de los ojos la vanagloria. Esto es una acción que hiere a Dios y socava el amor conyugal y familiar, siendo difícil de sanar y perdonar. El corazón queda herido y sumido en tristeza.
Uno de los anhelos de Cristo es nuestra fidelidad, Él es celoso de sus hijos. Se pone triste cuando le negamos y buscamos satisfacción en las cosas del mundo, ¿Le ha negado Ud.?... Sólo Él y tu lo saben, Él te llama a ser fiel en lo poco que queda para el retorno del Señor. En el nombre de Jesús, amén
Qué es mejor, ¿reír o llorar?
La risa es una expresión de felicidad más o menos ruidosa, es decir, traduce la alegría de vivir y el buen humor. ¿No queda impresionado al constatar la gran competencia que hay entre la radio, la televisión y el mundo del espectáculo en la creación minuciosa de bromas, escenas cómicas y emisiones cada vez más «graciosas», pero a menudo malsanas? Existe un gran número de cómicos, y muchos idolatran a sus estrellas preferidas.Para nosotros, creyentes, existe el peligro de dejarse seducir por cosas que parecen triviales, o incluso agradables, pero que en realidad llenan un vacío espiritual con una felicidad artificial. ¡Qué pérdida de tiempo! ¡Cómo se insensibiliza nuestra conciencia! Prestemos atención a las advertencias de la Biblia: “¡Ay de vosotros, los que ahora reís! porque lamentaréis y lloraréis” (Lucas 6:25). No, la vida no es sólo diversión. No está prohibido reír, por supuesto, pero no nos dejemos anestesiar por el espíritu de despreocupación y ligereza que reina en nuestra época. El sabio Salomón dijo: “Aun en la risa tendrá dolor el corazón; y el término de la alegría es congoja” (Proverbios 14:13).
Sepamos alegrarnos en el Señor Jesús, en la lectura de la Biblia, en la oración, en la alabanza y cada vez que descubramos manifestaciones de su bondad en nuestra vida cotidiana. Entonces podremos decir a Dios: “Tú diste alegría a mi corazón mayor que la de ellos cuando abundaba su grano y su mosto” (Salmo 4:7).
La liberación del alma y del cuerpo
La liberación que obtenemos por la fe en la obra del Señor Jesús es verdaderamente una “salvación tan grande” (Hebreos 2:3), y Aquel que la adquirió es el “gran Dios y Salvador Jesucristo” (Tito 2:13). ¿En qué consiste esa salvación?Para el creyente, sus pecados son perdonados porque Jesús los expió en la cruz. Ahí también su naturaleza culpable fue condenada y crucificada; así su alma está en paz con Dios por toda la eternidad. De esta manera es liberado del peso de sus faltas, de sí mismo y de Satanás, su acusador. Pero eso no es todo, pues Dios se encargará de su cuerpo como se encargó de su alma. Actualmente el cuerpo de los creyentes, al igual que el de todos los hombres, está sujeto al sufrimiento, la enfermedad y la corrupción después de la muerte, pero cuando el Señor vuelva será resucitado y glorificado. “Esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo; el cual transformará el cuerpo de la humillación nuestra, para que sea semejante al cuerpo de la gloria suya” (Filipenses 3:20-21). Y nos introducirá, cuerpo y alma a la vez, en la casa de su Padre.
Es una salvación perfecta y completa que nunca podemos perder. Jesús dice que nadie podrá arrebatarnos de su mano ni de la mano de su Padre (Juan 10:28-29). Tengamos firmemente fundadas en Jesucristo nuestras certezas; en todas las circunstancias, conservemos el gozo de tener tal salvación y tal Salvador.
Los hijos de Dios
Enla Biblia Dios se da a conocer bajo diferentes nombres, cada uno de los
cuales presenta uno de sus caracteres. El Altísimo evoca su grandeza,
su soberanía sobre toda la tierra. Jehová es el nombre predominante en
su relación con el pueblo de Israel.
Cuando Jesús, el Hijo de Dios, vino al mundo, el pueblo de Israel era su familia en la tierra, y era a
ella a quien su Padre lo enviaba. Jesús les habló de él: “Vuestro Padre
que está en los cielos” (Mateo 5:16). Les dio a conocer a Dios como su
Padre, siempre en estrecha relación con él. Pudo decir: “El Padre ama al
Hijo”. “Yo y el Padre uno somos”. “El que me ha visto a mí, ha visto al
Padre” (Juan 5:20; 10:30; 14:9).
Pero también leemos: “A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron. Mas a todos los que le recibieron, a
los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de
Dios; los cuales no son engendrados… de voluntad de varón, sino de Dios”
(Juan 1:11-13).
Se trata de una relación completamente nueva. Para ser un hijo de Dios, Jesús dice que es necesario “nacer de nuevo”. “Los
que creen en su nombre”, cualquiera sea su nacionalidad, pasan a ser
hijos de Dios; y él quiere reunirlos (Juan 11:52). Cuando Jesús salió de
la tumba, envió a decir a sus discípulos: “Subo a mi Padre y a vuestro
Padre” (Juan 20:17). “Ahora somos hijos de Dios” (1 Juan 3:2). Hoy Dios
ofrece el gozo de ser su hijo a todo aquel que cree en Jesús.
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