Selección extraída de Aprendiendo a ser padres de Mirian Levi

Hacer el bien (jésed) es un mandamiento que gobierna las relaciones humanas de toda la sociedad. El hacer el bien es uno de los tres pilares sobre los cuales el mundo se sostiene. No sólo es una cualidad elevada, sino una obligación, como dice el profeta: "Y qué te solicita Dios, más que hacer justicia, amar, hacer favores y recatadamente ir con Dios". Una persona debe aspirar realizar el bien al máximo y regocijarse por haber recibido esa oportunidad.

El hacer el bien tiene un aspecto "activo" y uno "pasivo". El bien "activo" es la predisposición a ayudar: el esfuerzo que hacemos para causar a otros felicidad y bienestar; y el bien "pasivo" es la consideración: es decir, cuidar de no causar dolor o incomodidad a los demás, como la biblia nos ordena.

Estas cualidades, no se adquieren solas; es obligación de los padres inculcarlas a sus hijos. Esto se puede lograr de dos maneras: primero, mediante el ejemplo de ayuda y consideración mutua entre los padres, hacia sus hijos y hacia los demás. A pesar de ser este ejemplo vital, no es suficiente. Los padres deben crear para sus hijos oportunidades de comportarse activamente de esa manera, y el hogar es el lugar natural e ideal para esto. Cuando los padres alientan a sus hijos a ayudar en las tareas hogareñas y les enseñan a no causar dolor o daño a sus semejantes, les están brindando las primeras y muy valiosas experiencias de brindar ayuda y considerar al semejante.

Por otra parte, debemos conversar con los niños acerca del precepto de hacer favores: explicarles que Dios desea que tratemos de comprender a las otras personas y que las ayudemos en toda oportunidad, que la ayuda a los padres es un modo especial de cumplir este precepto, una manera única de bondad. Estas explicaciones, reforzadas con historias y narrativas biblicas ayudarán a desarrollar en ellos una firme base de amor a la bondad.

EL PROVECHO QUE OBTIENEN LOS NIÑOS AL AYUDAR

Cuando los padres solicitan la ayuda de sus hijos, no deben sentir que actúan con egoísmo o que están recargándolos. Es cierto que la ayuda de los niños nos alivia, pero al mismo tiempo les estamos dando la oportunidad de respetarnos y, de esta manera, cumplir con este importante mandamiento. Más aún, les estamos permitiendo reconocer lo que hacemos por ellos. La mejor manera de desarrollar amor es expresarlo con hechos, y a los niños que se les enseña a cooperar con sus padres se les está dando la oportunidad de acrecentar su amor hacia los mismos.
Sobre los padres recae la obligación de ayudar a sus hijos a modificar sus tendencias naturales de egocentrismo hacia el altruismo; es decir, enseñarles "Amarás a tu prójimo como a ti mismo". Las acciones de una persona son las que forjan su personalidad; por eso, el mejor camino para inculcar el altruismo en los niños es motivarlos a actuar por los demás. El primer paso en el proceso de este aprendizaje surge en forma natural en el interior del marco familiar, cuando los padres acostumbran a sus hijos a colaborar con ellos y a ayudarse entre sí.

Prestar ayuda en el hogar también beneficia a los niños debido a que desarrolla su confianza en sí mismos y un sentimiento de satisfacción. Según escribe el psicólogo Rudolf Drakurs:

Debemos acostumbrar a los niños desde temprana edad a una participación activa en el manejo de la casa, así adelantaremos su adaptación a la sociedad y mejoraremos su capacidad de cooperación. Más aún, fortificaremos su autoconfianza y los adentraremos en el camino para una vida muy provechosa.

Los integrantes de la casa conforman un equipo; cada uno aporta de sí, para el bien común. La ocupación de la madre, en especial cuando tiene niños pequeños, es a menudo un pesado yugo para ella sola y, para actuar con eficacia, necesitará ayuda en muchas de las tareas hogareñas. Es importante que los padres enseñen a sus hijos a tomar parte en éstas.

En la práctica, los niños que desde su infancia fueron acostumbrados a colaborar en la casa se transformaron en personas más felices y sanas que aquellos que no fueron educados así. A esta sorprendente conclusión llegaron investigadores de la Universidad de Harvard en Estados Unidos, que durante cuarenta años siguieron el proceso de vida de 456 jóvenes preadolescentes de la ciudad de Boston, entre ellos hijos de familias pobres. La investigación comprobó que los jóvenes que ayudaban en su casa e incluso trabajaban fuera de ella, cuando crecieron ganaron más dinero, disfrutaron más de sus trabajos, gozaron de vidas matrimoniales más plenas y desarrollaron con sus hijos relaciones mejores y más estrechas que aquellos que en su juventud no actuaron así. También eran más sanos, vivieron mayor cantidad de años y, lo más importante de todo, eran mucho más felices.

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